La región de Mosela enfrenta una tormenta perfecta que amenaza a sus pequeñas bodegas. Con la caída del Riesling y precios de granel que hacen llorar a los productores, la viabilidad de 1.000 microempresas está en juego. La falta de rentabilidad y el riesgo de abandono de viñedos escarpados son el pan de cada día. La situación es tan crítica que el vino se vende a precios que no cubren ni los gastos de producción. ¿Quién dijo que el vino era solo placer y no un drama económico?
